martes, 13 de octubre de 2015

El sentido de la vida


No sólo los Monty Python o Viktor Frankl se preguntaban por él... las terapias constructivistas se han centrado tradicionalmente en la colaboración activa entre terapeuta y cliente en pro de una reconstrucción del significado de su motivo de demanda, su narrativa del self y, en última instancia, de su vida. El significado ha sido siempre un eje central de estas terapias, que no se limitan a un foco exclusivo en la mejora sintomática entendida como cambio de conductas, cogniciones o emociones aparentemente aisladas—aun sin negar, por supuesto, que el cambio sintomático sea esencial.

La importancia de la dimensión de búsqueda y atribución de significado a la experiencia ha sido puesta en evidencia de nuevo por varios estudios recientes. Uno de ellos (Diaz, Horton, & Malloy, 2014) investigaba cómo se asociaban el estilo de apego adulto (seguro vs. inseguro) y dos dimensiones de la espiritualidad (propósito existencial/sentido de la vida y bienestar religioso o relación percibida con Dios) con los síntomas depresivos en un grupo de personas que estaban siendo tratadas por su adicción a las drogas.

Las investigadoras encontraron que el estilo de apego seguro y los niveles elevados de propósito existencial y significado en la vida estaban significativamente relacionados con niveles bajos de síntomas depresivos, de forma que el propósito existencial y el significado en la vida eran potentes predictores de los síntomas depresivos.



Además, sus resultados indicaron que el fomento del talento creativo de los participantes (por ejemplo mediante talleres de escritura o de pintura), brindarles la oportunidad de llevar a cabo tareas de servicio a los demás y el fomento de la conexión con sus valores nucleares mediante prácticas introspectivas y de meditación les ayudaba a construir ese propósito existencial y significado en la vida que contribuía a su proceso de recuperación.

Otro estudio más reciente (Dezutter, Luyckx, & Wachholtz, 2015) ha demostrado que la presencia de significado era un predictor importante del bienestar y la adaptación al dolor crónico de los participantes de una muestra de 273 pacientes.

Además, la consecución de un significado de la vida se ha asociado a niveles reducidos de ansiedad (Shiah, Chang, Chiang, Lin, & Tam, 2015), al mantenimiento de hábitos saludables de actividad física y alimentación en adolescentes (Brassai, Piko, & Stege, 2015), a la elaboración saludable del duelo y la pérdida (Neimeyer, 2014) y, en general, a una gran variedad de procesos adaptativos o reconstructivos en la vida humana.

De hecho, la dimensión de reconstrucción de significado bien podría considerarse un factor común  a diferentes formas de psicoterapia, dado que es muy probable que cada una de ellas la fomente en sus clientes aunque de forma diferente—incluso “a pesar” de que algunas de ellas no lo pretendan al no considerarlo un factor terapéutico en sí mismo. Así, por ejemplo, las terapias conductuales fomentan los procesos de reconstrucción de significado de los clientes mediante su llamada a la acción y al cambio comportamental; las humanistas mediante el uso de la propia relación terapéutica que lo facilita dado el clima de empatía, aceptación y congruencia que se crea, las psicodinámicas mediante las interpretaciones del terapeuta y el insight del paciente, las sistémicas mediante la provisión de nuevas experiencias relacionales y las cognitivas mediante los procesos de reestructuración que les son propios.



Dicho de otro modo, es perfectamente aceptable plantear que puede haber diferentes vías de acceso preferente a los procesos de reconstrucción de significado. De hecho es bastante lógico, si no fuese así toda la vida humana (al menos desde el punto de vista psicológico) dependería de una sola dimensión—fuese esta emocional, cognitiva, conductual o relacional. Sería como si la evolución nos hubiese hecho extremadamente vulnerables a la invalidación al jugárselo todo a una sola carta.

Ahora bien, ¿cómo contribuye la consecución de un significado aceptable para nuestro problema o dificultad personal a que la podamos sobrellevar? Un estudio clásico con universitarios quizá aporte luz al respecto. Los investigadores (Wilson & Linville, 1985) dividieron a 40 estudiantes de primer año de la Universidad de Duke que estaban teniendo problemas de rendimiento académico en dos grupos: uno de intervención y uno control. A los del grupo de intervención se les expuso a información que demostraba que es normal que un estudiante de primer año tenga ciertas dificultades de ajuste: concretamente vieron videos de estudiantes de cursos superiores que explicaban como sus notas habían mejorado a medida que ellos se ajustaban a la universidad. El objetivo era conseguir un cambio narrativo: en lugar de pensar en ellos como unos fracasados no hechos para la universidad, la experiencia de sus compañeros les incitaba a construir su situación como temporal y producto de un desajuste pasajero que desaparecería con un proceso de adaptación.

Los resultados de la intervención fueron sorprendentes. Los estudiantes del grupo de intervención obtuvieron mejores calificaciones en una prueba de muestra casi inmediatamente. Sin embargo, los resultados a largo plazo fueron los más impresionantes: los estudiantes que habían sido llevados ​​a modificar sus historias personales mejoraron el promedio de sus calificaciones, y la tasa de abandono entre ellos durante el siguiente curso (5%) fue significativamente menor que la de los que no recibieron información (20%).



¿Qué había cambiado en ellos? Mirado estrictamente la “intervención” no se había centrado en que adquiriesen competencias ni habilidades, ni en que entendiesen sus dificultades en un contexto biográfico, o emocional, o relacional… Se había centrado en que les diesen un significado diferente, cuyas implicaciones pasaban de ser catastrofistas y determinantes a despejar un futuro más esperanzador, más abierto a cambios, un futuro del que ya no eran víctimas sino protagonistas.

Es muy posible que en todos los casos mencionados en esta entrada (depresión, dolor crónico, ansiedad, cuidado de uno mismo, duelo, rendimiento académico) el problema no sea sólo “el problema”, sino la posición de indefensión, vacío e impredictibilidad en la que el problema coloca a quien lo vive. Dotar a las dificultades que uno experimenta de significado es darles un lugar en una narrativa en curso, un lugar que las hace inteligibles (sin obviar que pueden ser muy dolorosas) y, en un sentido profundo, aceptables. Ese es quizá el proceso que inicia y mantiene todos los demás procesos de cambio humano que permiten seguir adelante: continuar elaborando esa narrativa en curso que es nuestra propia vida y, en el mejor de los casos, cerrar un capítulo para empezar otro nuevo.

En cuanto al cómo, es decir a las técnicas o procedimientos para facilitar la construcción del significado de la experiencia, estas se solapan con la propia vida. La actitud de curiosidad genuina hacia uno mismo y la búsqueda permanente de sentido desde una posición de autocompasión y desarrollo permanente forman su base. En cualquier caso, para fomentar esos procesos que son parte de la propia esencia del ser humano se pueden utilizar técnicas tales como la autocaracterización y el escalamiento. Ambas, y otras varias, se describen y discuten en este trabajo sobre Psicología de los Constructos Personales de descarga gratuitahttps://goo.gl/R34iAk

Información adicional (descarga gratuita):



lunes, 5 de octubre de 2015

¿Fue por sexo o por amor? Cómo afecta la infidelidad sexual y emocional a mujeres y hombres diferencialmente. Entrada invitada. Por Cristina Callao.

¿Nos afectan todas las infidelidades por igual a mujeres y hombres o hay diferencias entre nosotros dependiendo de si se trata de una infidelidad más sexual o más emocional?

Quizá sería conveniente empezar respondiendo a una primera pregunta: ¿qué entendemos por infidelidad? Hay múltiples definiciones y cuesta dar con una lo suficientemente genérica y específica a la vez, pero, de entre todas ellas, una especialmente convincente es la de "ruptura de un pacto de exclusividad afectiva y sexual".

Tratándose de un “pacto” se asume que los límites los define cada pareja. Así, es posible que lo que uno tolere no sea aceptado por su compañero sentimental o viceversa. Por ejemplo, a un miembro de una pareja puede parecerle aceptable e inocente salir a cenar con un amigo/a íntimo, y el otro puede encontrarlo intolerable e indicio evidente de infidelidad.

En este punto llegamos a una de las ideas claves que circunda todo este complejo ámbito: la comunicación en la pareja. En casos como el del ejemplo anterior no hay que dar por supuesto que uno anticipa con seguridad la reacción del otro (sobre todo si nunca antes se ha producido un episodio así), y lo mejor sería hablar de estos temas si no queremos que la relación se deteriore quizá gravemente.


En la investigación que se resume en esta entrada se pretendió aclarar qué tipo de infidelidad molesta más a mujeres y hombres, así como si el hecho de tener una relación amorosa o no, y las características de la misma, influía en las respuestas de los participantes. El trabajo siguió la línea de investigación liderada por Jesús M. Canto, de la Universidad de Málaga (véase por ejemplo http://goo.gl/TytHgy y http://goo.gl/KZ1WzF).


Los participantes fueron 401 voluntarios (204 mujeres y 197 hombres) con edades comprendidas entre los 18 y los 43 años, que se prestaron a contestar un cuestionario que partía de la lectura de dos historias: una con un perfil de infidelidad emocional y la otra de infidelidad sexual. Después se describían sus sentimientos al leer cada una de las historias mediante una lista de diez adjetivos. Al final del cuestionario se pedía a los participantes que dijesen cuál de los dos relatos les había afectado más.

Los resultados obtenidos al analizar las respuestas fueron llamativos. De ellos se deducía que, en términos generales, los hombres se sentían más afectados por una infidelidad sexual, probablemente porque su autoestima como hombres se veía seriamente comprometida e invalidada. Por el contrario las mujeres se veían más vulnerables ante una infidelidad emocional. Es decir, parecía que a las mujeres les afectase más que su pareja destinase atenciones de tipo romántico a una tercera persona que un episodio puramente sexual.

Estos resultados se podrían explicar desde la construcción de los roles de género en las relaciones de pareja, desde la construcción de la propia infidelidad (a las mujeres les parecía más profunda si había sentimientos por medio) e incluso desde teorías evolucionistas y genéticas.

Pero, ¿qué pasaba cuando entraban en juego las características de la relación y la concepción de la pareja? Los resultados antedichos variaban. Casi la mitad de los hombres con pareja que (a) llevaban más de 3 años de relación, (b) convivían con ella, (c) pensaban que su relación era excelente, (d) tenían proyectos de futuro y (e) consideraban que su pareja era atractiva para los demás respondían que les afectaría más una infidelidad de tipo emocional. Entre las mujeres, por su parte, seguía habiendo una máxima preocupación por la infidelidad emocional, independientemente del hecho de contar o no con pareja estable.


Los resultados hacen pensar que el estereotipo de que a los hombres les ofende que les engañen por un competidor sexual debido a su necesidad de reafirmar su autoestima masculina, sin importarles demasiado los sentimientos que haya por medio, no es del todo correcto. De hecho sólo los hombres con un grado de compromiso bajo en su relación de pareja contestaban así. Aquellos que tenían relaciones con las características mencionadas en el párrafo anterior decían sentirse sumamente invalidados por una infidelidad de tipo emocional también. Es fácil concluir que a mayor inversión emocional mayor invalidación, con lo cual el estereotipo al que me refería señala más una falta de implicación emocional que una característica intrínseca del sexo masculino.

Por lo que respecta a las mujeres, los datos parecen avalar que responden como los hombres con un elevado nivel de compromiso ya desde el principio: la posibilidad de una infidelidad emocional les hace sentir invalidadas por la ruptura del vínculo que comporta.

Cabría aquí preguntarse si es que las mujeres se implican emocionalmente en un grado mayor que los hombres ya desde las fases iniciales de la relación (y si es así, cuál es la causa), o si es que ellas no fragmentan sexo y amor tanto como algunos hombres que parecen considerar que lo uno va desligado de lo otro hasta que se encuentran en la tesitura de sentirse traicionados por alguien que se ha convertido en parte de su propia vida.

¡Pero para responder a eso harán falta más investigaciones!


Cristina Callao es Psicóloga especializada en el área clínica, particularmente en sexología clínica y salud sexual. Esta entrada está basada en su trabajo de investigación Impacto Diferencial de los Celos en la Infidelidad Emocional respecto a la Sexual, presentado como Trabajo de Fin de Grado en Psicología en la Facultat de Psicologia, Ciències de l'Educació i l'Esport (FPCEE) Blanquerna en Junio de 2015 y dirigido por Luis Botella.